EL SEGUNDO SOL: LA ESTRELLA QUE MATÓ A LOS DRAGONES

Hace ya unos años (allá por 1984), los astrofísicos Richard Muller y Marc Davis, de la Universidad de California, formularon una hipótesis asombrosa: la existencia de una desconocida, enigmática, “hermana melliza” de nuestro Sol, responsable de algunos de los mayores cataclismos habidos y por haber en la Tierra.

Según explicaron en la prestigiosa revista Scientific American, Muller y sus colegas piensan que nuestro sistema se basa en el equilibrio entre dos soles. Uno, es el conocido; el otro, es una estrella de aproximadamente un décimo de la masa del Sol, que se encontraba entonces a 2,4 años luz del centro del sistema.

La base de estos postulados no se encuentra en la observación del cielo, sino en la evolución cuidadosa de la enorme cantidad de información que se posee sobre la vida en la Tierra en los últimos 500 millones de años. Esa evolución ha permitido descubrir que cada 26 millones de años, con una asombrosa regularidad, las especies terrestres fueron diezmadas (las denominadas “extinciones masivas”); cada uno de esos lapsos de 26 millones de años parecen haber permitido el reinado de algunas especies, reinado bruscamente interrumpido al fin de cada periodo. Así, la desaparición de los dinosaurios, hace 65 millones de años, ha coincidido con uno de esos “cortes” evolutivos; hoy estaríamos en la mitad de un tercer periodo después de la extinción de esos gigantes que dominaron la Tierra.

Los científicos tienden a creer que alguna razón extraterrestre puede haber determinado esos finales: concretamente, un cataclismo provocado por algún fenómeno espacial. Muller y sus colegas creen haber encontrado esa razón extraterrestre: el acercamiento de una estrella, que no es el Sol, al sistema. Al pasar cerca de un dilatado conjunto de cometas y asteroides conocido como la Nube de Oort, esa terrible visitante desata cada vez una gran dispersión de más de mil millones de cometas; alrededor de cien impactan en la Tierra, desatando un cataclismo semejante al de una guerra termonuclear, y destruyendo el 90 por ciento de los seres vivientes.

La semejanza con los efectos de una guerra atómica a escala mundial es mucha; no sólo la fuerza de esos impactos sería tremenda, sino que levantaría una nube de polvo tan espesa que cubriría la luz del Sol durante seis meses, inhibiendo la fotosíntesis de las plantas y agotando la fuente de alimento de los animales y llevándolos a la extinción después de un largo y atroz invierno. Por eso, Muller propone que la estrella que desata estas hecatombes sea llamada San Jorge: es la estrella que mató a los dragones (los dinosaurios).

La hipótesis de este científico coincide con algunas observaciones hoy tenidas como seguras; la más importante es la realizada por los astrónomos Luis W. Álvarez y su hijo Walter, de Berkeley. Mediante estas observaciones, Álvarez estableció la presencia de Iridio (un material muy escaso en la corteza terrestre) en capas arqueológicas, cuya antigüedad coincide con la extinción de los grandes saurios. El iridio es abundante en los asteroides y cometas de la Nube de Oort. La coincidencia resultó lo bastante importante y bien probada como para permitir a Álvarez arriesgar la hipótesis de una causa extraterrestre para el fin de los dinosaurios, un trabajo que le valió el Premio Nobel de Física.

TZI

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Astronomía y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s