NOAM CHOMSKY “SOBRE EL ANARQUISMO”

… el influyente politólogo Harold Lasswell explicaba en la Encyclopaedia of the Social Sciences que no debíamos sucumbir a “dogmatismos democráticos como el de que los seres humanos son los mejores jueces de sus propios intereses”, pues no es así. Los mejores jueces son las élites, a las que se deben garantizar, por tanto, los medios para imponer su voluntad en vistas al bien común. Cuando las disposiciones sociales les niegan la fuerza requerida para imponer obediencia, es necesario recurrir, debido a la “ignorancia y superstición (de) (…) las masas”, a “una técnica de control completamente nueva consistente sobre todo en la propaganda”. Otros han formulado ideas similares y las han puesto en práctica en las instituciones de carácter ideológico: los colegios, las universidades, los medios populares, la prensa elitista, etc.

Un sistema de adoctrinamiento que funcione como es debido debe cumplir diversas tareas, algunas bastante delicadas. Uno de sus objetivos son las masas estúpidas e ignorantes. Deberán ser mantenidas en ese estado, distraídas con simplificaciones groseras y de gran fuerza emocional, marginadas y aisladas. En una situación ideal, cada persona debería hallarse sola frente a la pantalla de su televisión, viendo deportes, telenovelas o comedias, privada de estructuras organizativas que permitan a los individuos carentes de recursos descubrir cuáles son sus pensamientos y creencias en interacción con otras personas, formular sus propias preocupaciones y planes y actuar para hacerlos realidad. Llegada esa situación, se les puede permitir ratificar las decisiones tomadas por quienes son mejores que ellos en elecciones celebradas periódicamente, y hasta animarles a hacerlo. La “multitud canallesca” es el blanco apropiado de los medios de comunicación y de un sistema de educación pública encaminado a generar obediencia y formación en las destrezas requeridas, incluida la de repetir lemas patrióticos en ocasiones oportunas.

Si negamos el instinto de libertad, sólo demostraremos que los seres humanos constituyen una mutación letal, un callejón sin salida del proceso evolutivo; pero si lo cultivamos y es real, podremos hallar medios para resolver atroces tragedias y problemas humanos de una escala imponente.

A medida que el capitalismo de Estado se desarrollaba hasta llegar a lo que es actualmente, los sistemas económicos, políticos e ideológicos fueron cayendo progresivamente en manos de unas inmensas instituciones de tiranía privada que son lo más próximo al ideal totalitario de cuanto han construido hasta ahora los seres humanos. “En el seno de las empresas”, escribía hace medio siglo el economista político Robert Brady, “todas las medidas se toman en la instancia de control superior. Al sumarse este poder para determinar las normas de actuación a su ejecución, la autoridad se impone forzosa y plenamente de arriba abajo, y toda responsabilidad va de abajo arriba. Es, por supuesto, lo contrario del control ‘democrático’; su consecuencia son unas condiciones estructurales de poder dictatorial”. “Los poderes que en los círculos políticos se denominarían legislativo, ejecutivo y judicial” aparecen reunidos en unas “manos controladoras” que, “en lo que atañe a la formulación y ejecución de la política, se sitúan en la cúspide de la pirámide y se manipulan, sin cortapisas significativas desde la base”. A medida que el poder “crece y se expande”, se transforma “en una fuerza colectiva cada vez más potente y segura de sí desde el punto de vista político”, crecientemente dedicada a formular un “programa de propaganda” que “trata de convertir a la población (…) al punto de vista de la pirámide que ejerce el control”. Este proyecto, importante ya en la época estudiada por Brady, alcanzó una escala formidable pocos años después, cuando el mundo empresarial norteamericano trató de rechazar las corrientes socialdemócratas de posguerra, que alcanzaron también a Estados Unidos, y ganar lo que sus dirigentes denominaban la “eterna batalla por conquistar las mentes de la gente” empleando los inmensos recursos de la industria de las relaciones públicas y el entretenimiento, los medios de comunicación empresariales y cualquier cosa que pudiera ser movilizada por las “pirámides de control” del orden social y económico. Son rasgos del mundo moderno de una importancia decisiva, según lo revelan de forma espectacular los pocos estudios cuidadosos realizados en este terreno.

Las “instituciones bancarias y las empresas financieras”, sobre las que Thomas Jefferson previno en sus últimos años (al predecir que, si no eran sometidas, se convertirían en una forma de absolutismo que acabaría con la promesa de revolución democrática), han cumplido de sobra sus espectativas más funestas. Han dejado en gran medida de rendir cuentas y son cada vez más inmunes a la intervención popular y a la inspección pública, mientras logran controlar en grado notable y cada vez con mayor amplitud el orden mundial. Quienes se hallan dentro de su estructura de mando jerárquica reciben órdenes de arriba y las trasladan hacia abajo. Quienes están fuera, pueden intentar alquilarse al sistema de poder, pero no tienen mayor relación con él (excepto para comprar lo que les ofrece, si es que pueden adquirirlo). El mundo es más complejo que cualquier descripción simple, pero la de Brady se acerca mucho a él, y hoy todavía más que cuando la puso por escrito.

Debería añadir que el extraordinario poder de que gozan las empresas e instituciones financieras no nació de decisiones tomadas por el pueblo. Fue organizado con habilidad por tribunales y abogados en el proceso de construcción de un Estado al servicio de los intereses del poder privado y se expandió enfrentando a los distintos Estados federales en busca de privilegios especiales, cosa nada difícil para unas grandes instituciones privadas. Ésta es la principal razón de que el actual Congreso, gobernado por las empresas hasta un grado fuera de lo común, intente transferir competencias de la federación a los Estados, más vulnerables a las amenazas y la manipulación. Estoy hablando de Estados Unidos, donde el proceso ha sido estudiado bastante bien por especialistas universitarios. La situación es muy similar en otros países.

Junto con la violencia aparece la propaganda masiva, el auge de la industria de las relaciones públicas, en un intento de controlar actitudes y creencias. Aparte de ello, hay algo muy sencillo: los efectos disciplinarios de la organización de la vida. Fijémonos en los estudiantes de hoy. En cierto modo son más libres de lo que eran sus homólogos de hace 60 años en sus actitudes, compromisos, etc. Por otra parte, están más disciplinados. Están disciplinados por sus deudas. En cierto sentido, el razonamiento para organizar la educación de tal modo que el estudiante acabe muy endeudado es que así se disciplina. Tomemos los 20 últimos años (los años del neoliberalismo, aproximadamente); una parte muy sorprendente de la llamada “globalización” está orientada sencillamente a disciplinar. Su deseo es eliminar la libertad de elección e imponer la disciplina. ¿Cómo se consigue? Si formas parte de una pareja estadounidense, cada uno de cuyos miembros trabaja 50 horas por semana para poner el pan sobre la mesa, no tendrás tiempo de pensar en cómo hacerte socialista libertario. Si lo que nos preocupa es “¿cómo llevaré la comida a la mesa?”, o “tengo unos hijos que cuidar, y cuando enfermen tendré que ir al trabajo, ¿y qué les ocurrirá?”, nos hallaremos ante unas técnicas bien diseñadas de imposición de disciplina. E intentar ser independiente supone ciertos costes. Pensemos, por ejemplo, en un plan para organizar un sindicato. Si eres el organizador, deberás correr con unos costes. Es posible que los trabajadores salgan ganando, pero tú tendrás que pagarlo. Sabemos que existe un coste y en qué consiste: no sólo en energía y esfuerzos, sino también en castigos. Las personas que viven en una situación frágil hacen un cálculo razonable y dicen: “¿por qué voy yo a correr con los costes, si puedo pasar de ello?” Hay, pues, muchas razones para que no afliren los instintos y actitudes normales. Aunque, con los años, suelen salir a la luz. Al fin y al cabo, así es como se consigue cambiar la sociedad y mejorarla.

En el movimiento anarquista ha habido un sector interesado en la “propaganda por los hechos”, unida a menudo a la violencia, y es muy natural que los centros de poder se aprovechen de él en una campaña de descalificación de cualquier intento de independencia y libertad identificándolo con la violencia. Pero esto no vale sólo para el anarquismo. Los poderosos temen, incluso, la democracia. Es una actitud tan profundamente arraigada que la gente no consigue siquiera verla. Si echamos una ojeada al Boston Globe del 4 de julio (el 4 de julio es el Día de la Independencia, dedicado a ensalzarla, junto con la libertad y la democracia), descubriremos que contenía un artículo sobre el intento de George Bush de obtener algún apoyo en Europa para limar asperezas tras el conflicto. El periódico entrevistaba al anterior director de política exterior del Cato Institute, una institución “libertaria”, y le preguntaba por qué los europeos critican a EE.UU. El entrevistado dijo algo parecido a esto: el problema es que Alemania y Francia tienen gobiernos débiles, y si se oponen a la voluntad de la población, deberán pagar un coste político. Son palabras del libertario Cato Institute. El temor y el odio a la democracia son tan profundos que nadie llega siquiera a percibirlo. En realidad, el frenesí del año pasado por la Vieja Europa y la Nueva Europa fue muy espectacular, sobre todo porque el criterio para pertenecer a una u otra era algo en cierto modo indiscernible. Pero se trataba de un criterio extremadamente tajante. Si el gobierno europeo en cuestión adoptaba la misma postura que la abrumadora mayoría, sería malo: “La vieja Europa, mala gente”. Si obedecía órdenes de Crawford, Texas, y excluía a una mayoría cada vez más numerosa de la población, entonces había esperanza para el futuro y la democracia, como en el caso de Berlusconi, Aznar y otros nobles personajes. La uniformidad imperante en todo el espectro era considerable; sencillamente, se daba por supuesta. La lección era la siguiente: los países con gobiernos fuertes no tendrían que pagar un coste político por obviar a su población. ¡Admirable! Para eso son los gobiernos: para obviar a la población y trabajar para los ricos y poderosos. Es una actitud tan profundamente arraigada que ni siquiera se ve.

TZI

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