STONHENGE

Stonhenge permitía registrar todas las posiciones significativas de la Luna y del Sol, y seguir sus variaciones estacionales. Los gráficos y cuadros establecidos por Gerald S. Hawkins (profesor de Astronomía de la Universidad de Boston, aunque de origen inglés) no dejaban lugar a dudas. “Oscar”, el ordenador con el que se ayudó para realizar los cálculos, acababa de explicar para qué servían los megalitos: los constructores que levantaron piedras, excavaron también el suelo. 56 agujeros de Aubrey. 30 agujeros. 29 agujeros, 56, 30, 29…

¿A qué podían corresponder estos números? Una vez planteado el problema, los datos eran bastante sencillos: al parecer, los hombres de Stonehenge sólo habían dedicado su atención al Sol y a la Luna. Las salidas, las puestas y las culminaciones de cada uno de estos astros son, ciertamente, dignas de interés. Pero, aún lo son más los espectaculares fenómenos en que el Sol y la Luna se encuentran: los eclipses.

La Astronomía moderna se dedica menos a la observación de los ritmos que a la fisiología de los mecanismos. Pero, Hawkins se acordó del “año metónico”. El astrónomo griego Metón observó que, cada diecinueve años, la Luna llena caía en las mismas fechas del calendario solar, y que los eclipses obedecían al mismo ciclo. En realidad, no son exactamente diecinueve años, sino 18,61 años, por lo que hay que suplir esta diferencia al establecer un calendario regular (como hacemos nosotros con el día complementario de los años bisiestos).

Al redondear la cifra a 18 o 19, el error se pone rápidamente de manifiesto. Pero, formando un ciclo más grande, a base de este pequeño ciclo metónico rectificado, bien a 18, bien a 19, se consigue una exactitud valedera durante siglos.

La aproximación más satisfactoria, es un gran ciclo de 19 + 19 + 18. Si los sumamos, obtenemos 56, el mismo número de los agujeros de Aubrey. (Casualmente, o no, este número 56 es el número de la alquimia, la masa del isótopo estable del hierro). Hawkins, no contento con haber descubierto este hecho, imaginó que el círculo de Aubrey, asociado a los megalitos, permitiría, quizá, la previsión de los eclipses.

Se calcularon las fechas de los eclipses que tuvieron lugar en la época de la construcción de Stonhenge (según el carbono 14 allá por el 1848 a.C.). “Oscar” fue puesto de nuevo a trabajar. Y, una vez más, la conclusión fue positiva: un sistema de piedras desplazadas a lo largo del círculo de Aubrey permitía prever los años de eclipses.

¿Y los días? El mes lunar es de 29,53 días. Dos meses lunares forman, pues, una cifra redonda de 59 días, que coincide con la suma de los 30 y los 29 agujeros, de dos círculos prácticamente invisibles sobre el terreno, entre los agujeros de Aubrey y las treinta piedras de 25 toneladas. También coincide con otro círculo, casi enteramente conjetural, que se compondría de 59 piedras azules…

Hawkins, especulando con los 56 agujeros de Aubrey, los 30 y los 29 agujeros, y la Heel Stone (todas las observaciones deben hacerse a base de este menhir), consiguió, no solamente encontrar las fechas exactas de los eclipses producidos en la época de la construcción, sino también calcular, por ejemplo, la fecha de nuestra fiesta movible de Pascua, supervivencia cristiana, según sabemos, de una antigua tradición pagana. Stonehenge es, pues, un observatorio y un calendario.

Hawkins hizo otra observación: Stonehenge se encuentra en la estrecha porción del hemisferio Norte donde los acimuts del Sol y de la Luna, en su declinación máxima, forman un ángulo de 90 grados. El lugar simétrico, en el hemisferio Sur, serían las islas Malvinas y el estrecho de Magallanes. ¿Sabían los constructores de Stonehenge calcular la longitud y la latitud?

Parece como si unos “misioneros”, portadores de una idea y de una técnica, partidos de un centro desconocido, hubiesen recorrido el mundo. El mar habría sido su ruta principal. Estos “propagandistas” habrían establecido contacto con ciertas poblaciones, y no con otras. Esto explicaría los “huecos” o zonas de menor densidad en el reparto, así como el aislamiento de ciertos focos megalíticos. Esto explicaría también cómo y por qué se superponen los monumentos megalíticos a la civilización neolítica. Y daría, asimismo, explicación a todas las leyendas que atribuyen la construcción a seres sobrenaturales. Sabríamos, al fin, por qué unos hombres capaces de colocar verticalmente bloques de 300 toneladas, y de levantar piedras planas de 100 toneladas, no nos dejaron otras muestras de su prodigiosa habilidad. Las sagas irlandesas hablan de gigantes del mar, agricultores y constructores. La literatura griega alude a los “hiperbóreos” y a sus templos circulares, donde Apolo, dios del Sol, se aparece cada diecinueve años…

En realidad, todo lo que sabemos acerca de los megalitos y, sobre todo, del conjunto de Stonehenge, que es el más completo y más estudiado, deja entrever el paso de una civilización ajena al curso normal de la Prehistoria. Un mundo de conocimientos superiores señala su paso, durante algunos siglos, y, después, desaparece.

Pero, todo esto no lo encontraréis en los libros de Historia de la Humanidad, pues contradice los estándares aceptados por los científicos “oficiales”, y nada los hará cambiar.

TZI

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4 respuestas a STONHENGE

  1. melarrakis dijo:

    Que sí, que hay Esperanza. Que se puede llegar a sacar la verdad, que se esconde y que no la ocultan, pero que es posible. Y si no somos nosotros, lo serán nuestros hijos que para eso los criamos.

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