EL GRAN LENGUAJE

Un hombre que, hace más de trescientos años, soñaba en conquistar la Luna, quiso brindar a sus hermanos un Gran Lenguaje nuevo. Se llamaba John Wilkins. Nacido en 1614 y muerto en 1672, Wilkins fue el primer secretario de la Real Sociedad de Ciencias, de la que era fundador su amigo Elias Ashmole. Éste era un singular personaje, que había de legar a Oxford un museo rico en documentos sobre la alquimia y sobre los orígenes de la masonería. Miembro de una secta Rosacruz, fue discípulo del alquimista William Backhouse. Se puede leer en su Diario, con fecha 13 de mayo de 1653: “Mi maestro Backhouse, enfermo en su casa de Fleet Street y temiendo que iba a morir, me reveló ese día, a las once de la noche, el verdadero secreto de la piedra filosofal”. Backhouse no murió aquel día, sino nueve años más tarde. Pensaba que había llegado el momento de transformar una ciencia secreta en ciencia abierta. Esta actitud mental fue seguida por Ashmole y por Wilkins, y había de dar origen a la Royal Society, motor del conocimiento moderno. Aquellos hombres tuvieron una amplitud de conceptos y una curiosidad extraordinarias. Pero, esta raza se ha extinguido…

Jorge Luis Borges, que hizo un penetrante estudio de Wilkins, cita, entre las materias que apasionaron a éste, la teología, la música, la fabricación de colmenas transparentes para la observación de las abejas, la existencia de un planeta invisible en el sistema solar, la construcción de astronaves para comunicaciones regulares con la Luna, y, en fin, el establecimiento de un lenguaje universal.

Capellán del príncipe palatino Carlos Luis, rector del Wadham College de Oxford, Wilkins había creado en esta ciudad una agrupación de investigadores, el “Colegio Invisible”, que contaba entre sus miembros a sabios como Sir Christopher Wren, Thomas Sydenham y Robert Boyle. Este “Colegio Invisible” se incorporó a la Royal Society, que recibió su título del rey Carlos II, en 1662, y que, dedicada al estudio experimental, tomó como divisa una frase de Horacio: Nullius in verba. En 1666, Colbert, celoso de las ventajas que sacaría Inglaterra de los trabajos de la Royal Society, fundó la Academia de Ciencias de París.

Wilkins mantuvo también relación con los miembros del grupo platónico de Cambridge, animado por Newton desde 1670 hasta 1680. Este grupo reeditó textos esenciales de la alquimia, en una colección dirigida por Ashmole y titulada Teatrum Chimicum Britannicum. En la misma época, Robert Boyle publicó su obra El químico escéptico, en la que insistía sobre la necesidad de una comprobación experimental de las afirmaciones teóricas. Opinaba que los cuatro elementos fundamentales de los antiguos (agua, fuego, aire y tierra) no bastaban para describir la materia, y que ésta se componía indudablemente de un número elevado de elementos (en la actualidad, conocemos más de 100). Trabajando con transmutaciones según la enseñanza alquímica, envió a Newton polvos de proyección.

Los miembros del “Colegio Invisible” unían, a un conocimiento profundo de los secretos antiguos, una seria pasión por el control y la experimentación, y el convencimiento de abrir a la Humanidad el camino de nuevos poderes sobre la Naturaleza. En esta atmósfera de entusiasmo, y en un medio agitado por la idea de que eran posibles grandes empresas, hay que situar la obra lingüística de Wilkins.

Tal vez había existido un Gran Lenguaje. Tal vez algún día sería encontrado. Pero, también, se podía emprender la tarea de crearlo de nuevo para la época y de ofrecer a los hombres una lengua universal, descriptiva de la realidad y de sus leyes. Wilkins trabajó cuatro años en esto, desde 1664 hasta 1668. Su obra, An Essay toward a Real Character and a Philosophical Languaje, publicada en 1668 y compuesta de seiscientas páginas en cuarto, permanece hoy en el más completo olvido.

Jorge Luis Borges, en su obra Otras inquisiciones, sobre las grandes empresas lingüísticas, observa: “Todos, alguna vez, hemos padecido esos debates inapelables en que una dama, con acopio de interjecciones y de anacolutos, jura que la palabra luna es más (o menos) expresiva que la palabra moon. Fuera de la evidente observación de que el monosílabo moon es tal vez más apto para representar un objeto muy simple que la palabra bisilábica luna, nada es posible contribuir a tales debates; descontadas las palabras compuestas y las derivaciones, todos los idiomas del mundo (sin excluir el volapük de Johann Martin Schleyer y la romántica interlingua de Peano) son igualmente inexpresivos. No hay edición de la Gramática de la Real Academia que no pondere ‘el envidiado tesoro de voces pintorescas, felices y expresivas de la riquísima lengua española’, pero se trata de una mera jactancia, sin corroboración.”

La ambición de Wilkins fue crear una lengua universal, cada una de cuyas palabras, definiéndose a sí misma, proporcionase un conocimiento completo de la cosa representada y la situase en una de las categorías de lo real. Para ello, empezó por dividir el Universo en cuarenta categorías o géneros, subdivisibles, a su vez, en especies. Asignó a cada género un monosílabo de dos letras; a cada subgénero, una consonante, y a cada especie, una vocal.

Así, de significa un elemento; deb es el primero de los elementos, el fuego, y deba es una fracción del fuego, a saber, una llama.

En el siglo XIX, en el ambiente utópico y generoso originado por la Icaria, de Cabet, y el Nuevo Mundo enamorado, de Fourier, un lingüista como Letellier tenía que acordarse de Wilkins y continuar su método, proponiendo un lenguaje en el que a quiere decir animal; ab, mamífero; abo, carnívoro; aboj, felino; aboje, gato; abi, herbívoro; abiv, equino; etc. Alrededor de 1850, el español Bonifacio Sotos Ochando intentó algo parecido.

Observa Borges: “Las palabras del idioma analítico de John Wilkins no son torpes símbolos arbitrarios; cada una de las letras que la integran es significativa, como lo fueron las de la Sagrada Escritura para los cabalistas.”

Los niños podrían asimilar esta lengua sin conocer su artificio. Más tarde, en el colegio, descubrirán poco a poco que, además de una lengua, es una clave universal y una enciclopedia secreta. La palabra salmón no nos dice nada. En la lengua de Wilkins, el vocablo zana nos dice que se trata de un pez escamoso, fluvial y de carne rojiza.

Sigue diciendo Borges: “Teóricamente, no es inconcebible un idioma donde el nombre de cada ser indicara todos los pormenores de su destino, pasado y venidero.”

León Bloy escribió, en El alma de Napoleón: “No hay un ser humano capaz de decir quién es… Nadie sabe lo que ha venido a hacer a este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas, ni cuál es su nombre verdadero e imperecedero. Nombre inscrito en el registro de la luz. Cada cosa y cada ser son, sin que conozcamos su importancia o insignificancia particulares, la calidad de su juego en el conjunto de la composición, como una tilde o un punto, una coma, un versículo o un capítulo entero de un gran texto litúrgico, cuyos alfabeto, vocabulario y gramática permanecen ocultos para nosotros. Nosotros somos los versículos, las palabras o las letras de un libro mágico, y este libro interminable es la única cosa que existe en el mundo: dicho con mayor exactitud, es el mundo.”

Esta gran idea bullía sin duda en Wilkins, aunque éste tuvo la ambición más modesta, aunque también insensata, de darnos una escritura que transmitiese el conocimiento de cada cosa nombrada, en relación con nuestro conocmiento provisional del Universo. Semejante tentativa choca, naturalmente, con la dificultad de dividir en clases todos los elementos de nuestro Universo. Depende, por tanto, de la idea que nos forjemos del mundo en un momento dado, y esta clasificación tiene que ser, forzosamente, arbitraria y conjetural.

Una antigua enciclopedia china, El mercado selecto de los conocimientos bienhechores, divide los animales en la forma siguiente: pertenecientes al emperador, domesticados, que se agitan como locos, dibujados con un pincel muy fino de piel de camello, que acaban de romper el cascarón, que de lejos parecen moscas, etc. Wilkins, como hombre de ciencia de su tiempo, propone una clasificación racional, pero que hoy nos parece insuficiente. Así, en la octava categoría, que es la de las piedras, distingue: piedras comunes (silex, arena gruesa, pizarra), medianamente caras (mármol, ámbar, coral), preciosas (perla, ópalo), transparentes (amatista, zafiro) e insolubles (hulla, greda, arsénico).

Nosotros hemos progresado mucho en la denominación y la ordenación, pero, también hemos aprendido que, cuanto más se afina el conocimiento de lo real, más ambigüedades surgen. Por ejemplo, ¿habría que incluir la luz en la categoría onda o en la categoría corpúsculo? Sin embargo, quisiéramos que un Wilkins de nuestro tiempo reanudase el intento y, después, que esta nueva lengua universal fuese sometida al ordenador, que, examinando el conjunto de combinaciones posibles, haría surgir las palabras que faltasen. Estas últimas palabras corresponderían sin duda a objetos inexistentes o imposibles, como un triángulo de cuatro lados, o a lagunas del Universo, como, por ejemplo, el elemento estable cuyo núcleo contuviese cinco partículas. También podemos preguntarnos si las regularidades de semejante lengua sintética no corresponderían a algún misterio fundamental de los números y de las palabras. En fin, una eliminación de los conceptos sin contenido de información haría que el empleo de esta lengua fuese una gimnasia completamente nueva, profundamente transformadora del pensamiento y, en particular, del pensamiento político…

En una carta del mes de noviembre de 1629, Descartes había observado ya que, por medio del sistema decimal de numeración, podía aprenderse en un solo día a nombrar todas las cantidades hasta el infinito y a escribirlas en una lengua nueva, que es la de las cifras. Proponía la formación de una lengua análoga, general, capaz de organizar y de abarcar todas las ideas humanas. Un proyecto parecido era el que emprendería Wilkins, treinta y cinco años después de esta carta.

La corriente intelectual que animaba el “Colegio Invisible” estaba alimentada, simultáneamente, por la alquimia y por el modernismo. Tenía que orientar las investigaciones hacia un lenguaje establecido por los sabios para los sabios, ya que el latín resultaba insuficiente. La idea universalista del Renacimiento, enriquecida al propio tiempo por la influencia de la Rosacruz y por el auge del pensamiento científico, hacía soñar a una verdadera Internacional de hombres de saber y de poder, al margen y por encima de los Estados. Para la creación de una Internacional de esta índole, era necesario un lenguaje sintético, de valor enciclopédico.

La empresa de Wilkins tiene su raíz en el concepto religioso del lenguaje. Dios habla directamente a los hombres. Les da a conocer, de viva voz, sus órdenes y sus prohibiciones. Después, se superpone a esta idea la de un Libro Santo, la de una Sagrada Escritura. Es una idea tenaz, que, transvasada del plano místico al profano, hace decir a Mallarmé que “todo existe en el mundo para conducir a un libro”, provoca a Flaubert a sufrir pasión y martirio, lanza a Joyce a la aventura de Ulises y, actualmente, incita a los escritores a investigaciones fundadas en el sentimiento de que “la escritura sólo conduce a ella misma”.

En la tradición musulmana, el Corán, Al Kitab, el Libro, es uno de los atributos de Dios. El texto original, o Madre del Libro, se conserva en el cielo. “Se copia el Corán en un libro, se pronuncia con la lengua, se aprende de memoria, y, sin embargo, subsiste en el centro de Dios”. No es una obra de la Divinidad, sino que participa de su sustancia. Los judíos fueron aún más lejos en la mística de la escritura sagrada. Según los cabalistas, la virtud mágica de la orden de Dios, “¡hágase la luz!”, proviene de las letras mismas que la componen. El Dios de Israel creó el Universo sirviéndose de los números comprendidos entre el uno y el diez, y de veintidós letras del alfabeto. “Veintidós letras fundamentales: Dios las dibujó, y produjo con ellas todo lo que es y todo lo que será”. Según los cristianos, Dios escribió dos libros, el segundo de los cuales es el Universo. Según Francis Bacon, las Escrituras nos revelan Su voluntad y el Universo; es decir, el libro de las criaturas nos revela Su poder. Y toda la creación es, efectivamente, un libro que se nos pide que descifremos, igual que la Sagrada Escritura. Escribe Galileo: “No podemos comprenderlo sin antes haber estudiado la lengua y los caracteres en que está escrito. La lengua de este libro es matemática, y sus caracteres son triángulos, círculos y otras figuras.”

Así, la mente humana alberga continuamente la idea de que hay una clave última del lenguaje y un último lenguaje clave; de que el Verbo le fue dado para resolver su propio enigma y el del mundo; de que podría salir de las modulaciones del aliento humano la “palabra maestra” de la estructura absoluta, y de que nuestro lenguaje, incluso en sus más sabias combinaciones, no es más que la sombra, proyectada y deformada, de un Gran Lenguaje enterrado o por venir, o, quizás, al mismo tiempo, enterrado y por venir.

TZI

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Lingüística y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s