EL LENGUAJE DE LA VIDA

Como colofón, de momento, al tema de los dos últimos post sobre ‘arqueolingüística’, voy a ir más allá con unos comentarios que relacionan el lenguaje oral / escrito que utilizamos para comunicarnos con los demás, con el lenguaje de la vida, es decir, con la genética.

Para ello, comenzaré con una frase que aparece casi al final de “el Gran Lenguaje”, que es la siguiente: “El Dios de Israel creó el Universo sirviéndose de los números comprendidos entre el uno y el diez, y de veintidós letras del alfabeto. Veintidós letras fundamentales: Dios las dibujó, las grabó, las combinó, las permutó, y produjo con ellas todo lo que es y todo lo que será.”

He aquí la cuestión, las veintidós letras. ¿Qué relación puede tener esto con el lenguaje de la vida que estamos investigando? El escritor Christopher Forrest cuenta en su novela “Código génesis” que existe un texto cabalístico que se llama “Sefer Yetzirah” o “Libro de la creación”, que es el más antiguo de la tradición ocultista hebrea.

En él se describe cómo Yahvé creó el universo y a los seres vivos lo habitan usando las veintidós letras del alfabeto hebreo. Explica que Dios ‘moldeó las letras en pedazos de arcilla con forma de cuerdas paralelas y complementarias’. ¿Como los fragmentos entrelazados de ADN en la doble hélice?

Dice en su novela Christopher Forrest que los sesenta y cuatro codones únicos de nuestro alfabeto genético se encuentran siempre en grupos que proceden de veintidós letras genéticas. Y pregunta: “¿podemos considerarlo una simple coincidencia?”, respondiendo a continuación: “yo no”.

Explica Forrest que el hebreo se basa en palabras raíz de las que derivan nombres, verbos, adjetivos y toda clase de variaciones gramaticales. Y que, por razones que nadie ha podido explicar, estas palabras de raíz hebrea están formadas por tres letras; “como las tres letras genéticas de cada uno de los codones de nuestro ADN”.

También habla de un famoso ocultista francés, Eliphas Levi, que dejó escrito que “el Sefer Yetzirah es una escalera formada por verdades”, y lo relaciona con la descripción muchas veces mencionada de la doble hélice de nuestro ADN como una escalera retorcida.

Llegado a este punto, se me ocurre a mi relacionarlo a su vez con la Torre de Babel, que tenía forma de hélice (al menos en los cuadros de casi todos los pintores que la imaginaron, que seguramente no lo hicieron así por casualidad). Como sabemos por la Biblia, Dios se enfadó por su construcción y dispersó a sus constructores por toda la faz de la Tierra, pero confundiéndoles con infinidad de lenguas distintas. ¿Descubrieron quizás los antiguos el lenguaje genético de la vida y quisieron experimentar con él, creando ADN artificialmente (la Torre de Babel), descifrando el lenguaje verbal original, que hubo entonces que enmascararse con la creación de múltiples y muy diferentes lenguajes?

Quizás ese lenguaje verbal original era el hebreo. ¿Acaso los místicos hebreos y los eruditos pasaban de generación en generación un conocimiento antiguo que eran incapaces de comprender? ¿Quién se lo enseño?

Es interesante lo del investigador (no recuerdo el nombre) que ha escrito varios libros donde cuenta que se pueden descifrar mensajes codificados en la Biblia en hebreo. Los que no sabemos hebreo tendremos que hacer auto de fe u obviarlo y tomar otros caminos.

Dice Forrest algo muy obvio, pero, a su vez, muy infravalorado, incluso diría, denigrado: “Los libros son la riqueza atesorada del mundo y la mejor herencia para las generaciones sucesivas. ¿Qué otros secretos, escondidos por los antiguos académicos en los escritos de las civilizaciones más remotas de la humanidad, aguardan a ser descubiertos, ocultos en polvorientos volúmenes, a la espera, intactos, sin leer?”

Más adelante, comenta Forrest que aún se conservan referencias crípticas al ADN y la genética en los antiguos textos hebreos, y que los académicos hebreos se limitaban a recitar fragmentos de conocimientos científicos avanzados que quedaban muy lejos de su comprensión dada la época en la que vivían. Dice que ha encontrado referencias en la mitología maya y en textos egipcios parecidas a las que se recogen en el “Sefer Yetzirah”, pero no profundiza en el tema. No te preocupes Christopher, para eso estamos nosotros, intentaremos echarte una mano dentro de nuestras posibilidades.

Y para complicar un poco más el asunto, lanza otra hipótesis que merece su consideración. Según él, hace varias décadas, el matemático Johann von Neumann propuso la idea de una máquina que se autorreproducía y que depuraría el universo mientras existiera la vida. Es decir:

“Imaginemos un aparato que despega de la Tierra y se dirige hacia el sol más cercano, Proxima Centauri. El aparato tiene ordenadores y sensores para detectar la existencia de planetas que giren alrededor de cualquier estrella con que se encuentre. Halla un planeta y aterriza en busca de indicios de vida. Al no encontrar ninguno, los mecanismos robóticos a bordo del aparato recogen metales y productos químicos de la superficie de ese planeta. Puede ser cuestión de siglos, pero el aparato de Von Neumann acaba construyendo una réplica completa de sí mismo y repara o reemplaza cualquier parte dañada durante el aterrizaje en el citado planeta. Ahora tenemos dos máquinas de Von Neumann. Ambas despegan y parten en busca de otros planetas. A lo largo de decenas de miles de años, las máquinas se multiplican y se dispersan por la galaxia, en busca de vida.”

Estas ideas de Von Neumann no nos parecen ahora tan descabelladas con el desarrollo de la nanotecnología. Pero, ¿por qué enviar al espacio esas máquinas existiendo ya un mecanismo más simple en la naturaleza que cumple el mismo objetivo de la autorreproducción como es el ADN? Las hebras de ADN podrían diseminarse por el universo igual que la máquina de Von Neumann y parte de ese ADN encontraría planetas que tuvieran componentes químicos apropiados para replicarse a sí mismo.

Al premio Nobel Francis Crick se le ocurrió (siempre según Forrest en su novela) que una civilización alienígena podría haber inundado el espacio de microorganismos hace cientos de millones de años, sembrando de vida el universo. En el ADN de esos microorganismos la hipotética civilización alienígena podría haber adjuntado mensajes, o incluso un idioma universal completo, para que ese conocimiento se transmitiera a las sucesivas generaciones.

Cuando estos mensajeros genéticos encontraran vida, podrían insertar el Código Génesis en el ADN, casi del mismo modo en que la terapia genética inserta nuevas secuencias de genes en el ADN de pacientes vivos. El mensaje oculto en el Código Génesis se preservaría y se transmitiría de generación en generación, a la espera de ser descubierto por la vida inteligente.

Los genetistas dicen que gran parte de nuestros genes no son funcionales, no son activos, creo que los llaman genes basura. ¿Y si forman parte de ese mensaje oculto, la comunicación de una civilización remota?

Escolapio fue un médico romano cuya habilidad curativa acabó convirtiéndolo en dios y la imagen de su cayado de madera con una serpiente enrollada fue adoptada como símbolo de la medicina por la Asociación Médica Norteamericana y puede verse en todas las farmacias.

El bastón caduceo sirvió casi con total probabilidad de prototipo para la versión romana de Escolapio. El caduceo consta de dos serpientes entrelazadas que rodean una cinta o una vara. En la mitología griega lo llevaba Hermes y en la romana era portado por Mercurio, el mensajero de los dioses. Recuerda, sin duda, a la doble hélice del ADN.

Las serpientes entrelazadas son una imagen común en la mitología de las culturas antiguas. Aparecen en la antigua China, en Egipto, en Sumeria, y también la usaron los olmecas, los mayas y los aztecas.

Teniendo en cuenta que los fósiles demuestran que los humanos caminábamos por la Tierra hace cientos de miles y quizá millones de años; que existen pruebas de conocimientos avanzados dispersas en los escritos de nuestro pasado remoto, y referencias a conocimientos científicos modernos codificadas en la mitología y la arquitectura de nuestros ancestros, advertencias a futuras generaciones, ¿por qué no un mensaje cifrado oculto en el ADN humano?

Los mayas nos cuentan, a través de su mitología, que los primeros hombres fueron el Pueblo de las Serpientes, que llegó de la costa con su líder, Quetzalcóatl, la Serpiente del Este capaz de curar con la imposición de manos y de recibir a los muertos; poseía grandes conocimientos y hablaba el idioma de la vida y las estrella. Dotó de gran inteligencia a los hombres, que tenían una vista muy aguda. Lograron acumular una enorme sabiduría y observaron las cuatro esquinas del cielo, los cuatro puntos del arco celestial y la redonda faz de la tierra.

Luego, el Corazón del Cielo cubrió sus ojos de niebla y nubló su vista. Con los ojos tapados, sólo podían ver lo que tenían muy cerca. Y así, la sabiduría y el conocimiento amasado por estos primeros hombres quedó destruido.

Entonces, Quetzalcóatl acudió en ayuda del hombre después de la inundación que puso fin a la cuarta era (el omnipresente Diluvio Universal que mencionan todas las civilizaciones antiguas en su mitología). Junto con su gemelo, Xolotl, descendió al inframundo y recuperó los cuerpos de los hombres que habían muerto en el diluvio. Trituró sus huesos sobre una piedra como si fueran maíz. Sobre ellos, dejó caer su propia sangre y escribió en el lenguaje de los dioses, creando así la carne de la actual era del hombre.

Por último, sobre la creación del hombre, hemos dicho al principio que “Dios moldeó las letras en pedazos de arcilla con forma de cuerdas paralelas y complementarias”; se nos dice en la Biblia que Adán (es decir, el ser humano) fue creado de arcilla a imagen y semejanza de Dios. Pues bien, el escritor Bernard Beckett, en su sensacional relato de ciencia-ficción “Génesis”, sostiene que la vida pudo perfectamente haberse creado al atrapar la arcilla moléculas basadas en el carbono, a las que ‘contagió’ los mecanismos de copia y mutación tan propios de la evolución. Dice Beckett:

“En el principio había arcilla. La arcilla está formada por capas de pequeñas moléculas; cada capa se pliega cuidadosamente sobre la anterior, copiando la forma de su estructura. Así que, en realidad, al principio había un mecanismo de copia. Pues bien, a veces ese mecanismo de copia comete un error y una capa no resulta exactamente igual que la anterior. Llamémoslo mutación. Y la siguiente capa copia esa mutación, y así sucesivamente. El error se transmite. Y si cierta arcilla es particularmente pegajosa, lo cual hace que se acumule alrededor de los obstáculos rocosos en los arroyos, y esos arroyos forman presas, y las lagunas formadas en la parte alta de las presas se secan en verano, y el viento arrastra las partículas de polvo del lecho de arcilla por el campo, sembrando los arroyos, donde las partículas repiten su pegajoso truco… La naturaleza de la arcilla no es fija. Hay errores de copia, y los que resultan beneficiosos se extienden por el terreno. La reproducción extiende el cambio. Ésa es la primera forma de evolución.” Hasta que la arcilla ‘encontró’ moléculas biológicas a las que, como ya he dicho, insufló esa capacidad para la evolución.

¿Quedan resueltas todas las dudas? Lo lógico es que ahora tengamos todavía más. Esto es muy bueno para nuestra curiosidad innata, pero no tanto para derribar nuestro enorme egocentrismo que nos hace creernos la cúspide de la evolución y que nos puede llevar a la autodestrucción.

TZI

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2 respuestas a EL LENGUAJE DE LA VIDA

  1. Como ya he dicho otras veces, en los mitos hay mucha verdad. Y si en distintas civilizaciones hay algunos mitos parecidos esto refuerza la idea de verdad que llevan dentro.

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