NEWTON ALQUIMISTA

Casi todo el mundo conoce a Isaac Newton como un gran físico, como el padre de la Teoría de la Gravitación Universal. Pero, casi nadie conoce su faceta como alquimista, como adepto a doctrinas y prácticas esotéricas. De hecho, dejó bastantes más escritos sobre Alquimia que sobre Física.

John Maynard Keynes, poseedor de la mayor parte de los manuscritos de Newton relativos a los estudios y prácticas de Alquimia, opinaba de él en 1947: “Newton no era el primero del siglo de la Razón, sino el último de los magos, el último de los babilonios y de los sumerios, el último gran espíritu que percibió el mundo visible y el mundo del espíritu con los mismos ojos que comenzaron a edificar nuestro patrimonio intelectual hace poco menos de 10.000 años. Isaac Newton fue el último niño-maravilloso”.

Newton estaba convencido de que en tiempos inmemoriales “Dios había pasado los secretos de la Filosofía Natural y de la verdadera religión a algunos elegidos. Seguidamente, este conocimiento que se había perdido, fue recuperado parcialmente e incorporado en las fábulas y en las fórmulas míticas, para sustraerlo de este modo a lo profano; y a través de esta experiencia esotérica lo podríamos redescubrir en los tiempos modernos”.

Newton consideraba al universo entero y a todo lo que él contiene como un enigma, como un secreto que era posible leer, aplicando el pensamiento puro a ciertos signos, a ciertas vías místicas que Dios trazó en la tierra, abriendo a la cofradía de los investigadores esotéricos una especie de caza al tesoro filosofal. Pensaba que se podían descubrir estas vías observando los fenómenos celestes y analizando la constitución de los elementos (esto es lo que hizo nacer la falsa hipótesis de que él era un filósofo experimental de la naturaleza), pero, también, estudiando ciertos escritos y tradiciones, transmitidos por los iniciados en una cadena ininterrumpida, cuyo origen fue la revelación oculta de los babilonios. En definitiva, Newton consideraba el Universo como un criptograma entregado por el Todo-Poderoso. Propone, además, que Dios es capaz de “variar las leyes de la naturaleza, y hacer mundos de varias clases en diferentes partes del Universo”.

En una de sus principales afirmaciones de sus “Escolios Clásicos” de principios de la década de 1690, Newton confiesa que su doctrina de la gravitación universal era una redescubrimiento de ideas similares sostenidas por los antiguos, incluyendo los epicúreos y los pitagóricos. De forma más general, esos “Escolios Clásicos” explicaban la versión de Newton de la prisca sapientia, según la cual los antiguos filósofos presocráticos griegos, egipcios y babilonios habían poseído un sofisticado conocimiento de la naturaleza, perdido o corrompido posteriormente, que incluía no sólo un conocimiento de un sistema solar heliocéntrico, sino también la ley del inverso-cuadrado de la gravitación. Y atribuye a los antiguos su fenomenalismo y su creencia de que la gravedad se basaba en la ubicación espacial de Dios.

Para Newton hay una conexión causal directa entre la naturaleza universal de las leyes del movimiento y el alcance universal de la presencia de Dios: “Y puesto que toda la materia debidamente formada está asistida de señales de vida, y todas las cosas están formadas con perfecto arte y sabiduría y la naturaleza no hace nada en vano, si hay una vida universal y todo el espacio es el sensorio de un ser pensante quien por su inmediata presencia percibe todas las cosas en sí, como aquello que piensa en nosotros percibe sus imágenes en el cerebro y cosas finitas en él… Las leyes del movimiento que surgen de la vida o la voluntad pueden ser de alcance universal”.

Y añade: “Los filósofos antiguos parecen haber aludido a algunas de tales leyes cuando llamaban a Dios armonía y daban a entender su actuación sobre la materia armónicamente mediante el canto con una flauta del Dios Pan, y atribuyéndole música a las esferas hicieron que las distancias y los movimientos de los cuerpos celestes fueran armónicos, representando los planetas por las siete cuerdas del arpa de Apolo”.

Newton nos habla de los siete preceptos de Noé en su “Breve Esquema de la Verdadera Religión”, y dice que fueron originalmente la ley moral de todas las naciones. El primero de ellos era tener un supremo Señor Dios y no alienar su adoración; el segundo era no profanar su nombre; y los demás eran abstenerse de herir, matar, y fornicar (referido al incesto, el adulterio y los apetitos ilícitos de la carne), del robo y las injurias, y ser piadoso con las bestias, y establecer magisterios para ejecutar esas leyes. De ahí vino la filosofía moral de los antiguos griegos. Expresa además su creencia de que estos preceptos fueron enseñados a los gentiles, después por “Sócrates, Cicerón, Confucio y otros filósofos, a los israelitas por Moisés, y a los profetas y los cristianos de forma más completa por Cristo y sus Apóstoles”.

Cuando los seres humanos abandonaron la correcta adoración al verdadero Dios y se apartaron para adorar a los hombres muertos y los ídolos, “Dios los abandonó a sus excesos y pasiones por obrar de manera incorrecta en todas las formas”. En el “Breve Esquema de la Verdadera Religión”, Newton habla de la necesidad de “reconocer el supremo Dios, un Dios infinito eterno omnipresente, omnisciente, omnipotente, el creador de todas las cosas, el más sabio, más justo, más bueno, más santo, y no tener otros dioses sino a él”. Para Newton, adscribir toda la deidad a cualquier otro ser, incluyendo a Cristo, era una forma de idolatría.

Como curiosidad de la faceta alquimista de Newton, mencionaré que estaba fascinado por la “red”, una aleación de color rojo que obtuvo a partir del régulo de antimonio y de cobre. Tal aleación tiene una superficie constituida por pequeños cristales separados por intersticios. El alquimista americano George Starkey, también conocido como Eirenaeus Philalethes, antecesor y fuente de Newton, descubrió esta aleación y la bautizó como “La red”, debido a su apariencia física. Tal como Newton, Starkey creía que gran parte de la mitología grecorromana de la antigüedad era, de hecho, alquimia codificada. La historia en la que Vulcano encuentra a su mujer, Venus, en la cama con Marte en flagrante delito, se transformó para él (y para Newton) en una receta para “la Red”. De acuerdo con el mito, Vulcano construyó una fina red metálica y en ella colgó a los dos amantes para que todos en el Olimpo pudiesen verlos. Más allá de esto, en alquimia “Venus” significa “cobre”, “Marte” significa “hierro” y “Vulcano” significa “fuego”. De esta forma, “Venus” se refería al cobre presente en la aleación, y “Vulcano” al calor intenso utilizado para realizarla. Una vez que el régulo de antimonio adicionado al cobre es retirado de la estibina por el aumento de hierro, “Marte” (hierro) también es considerado como presente en la “red”.

Para los antiguos alquimistas el mundo es, no un objeto “frío” producido de una vez por todas, sino un Todo vivo, un océano de energías recorrido por ondas y mareas. David Bohm confesó que, cuando hacía sus investigaciones sobre los plasmones, tuvo, muchas veces, la impresión de que el mar de electrones “poseía vida”, impresión que resultó esencial para su hipótesis. En este Todo vivo, como lo sentían los Artistas herméticos de la Gran Obra, todas las partes tienen que ver con todo el resto y el Hombre no es sólo un espectador mirando las cosas “desde el punto de vista de Sirio”, sino un partícipe activo, responsable, a quien cabe, por misión “divina”, ayudar al mundo de la “materia” a alcanzar la perfección, que es la idea genesíaca de Dios. Novalis, el gran poeta de la Naturphilosophie escribió que “estamos aquí cumpliendo una misión: es nuestra vocación educar la tierra”. El alquimista surge, entonces, como un sacerdote, el cual, por su trabajo espiritual y por su labor paciente y caritativa, convierte (como se dice a propósito de la regeneración de un pecador) el plomo en oro, la piedra bruta en piedra preciosa, pulida y salvadora, la imperfección corpórea en “cuerpo de luz” y lo humano en divino.

Al hombre no le es dado el poder penetrar por sí solo en los mundos supremos, de ver lo que está más allá de la posibilidad de los ojos, de pensar lo impensable y de percibir la pluralidad de los Cielos y de las esferas celestes, donde fuerzas inmensas y sutiles (los ángeles de Dios) crean y recrean los universos, en una armonía indecible.

Esta voluntad de los alquimistas de “ayudar” en una obra divina, a alcanzar la perfección arquetípica de la idea divina del mundo y el hombre, enunció, desde los orígenes de la alquimia occidental en los inicios del cristianismo, su qué de herético y de contrario a los dictámenes de la Iglesia, aunque muchos sacerdotes, monjes e incluso papas, hayan engrosado las filas de los “agricultores del Cielo”.

Ayudar a la Creación a alcanzar su perfección suprema implicaría que la Creación no es perfecta y sufre de una misteriosa carencia, o defecto, o implícita “enfermedad”, desde el comienzo de los tiempos o debido a alguna catástrofe gigantesca y oscura, que puso en gran riesgo la estructura del mundo. Este lado gnóstico sobrevivió a través de los siglos y llegó hasta la época de Newton (tal vez la época en que la alquimia alcanzó su apogeo en la civilización europea), tocando, de un modo indeleble, al gran sabio inglés.

Y con Newton terminó,desgraciadamente, una época. Al contrario de lo que nos quieren hacer creer, Newton no ha sido el primero de la era de la razón sino más bien el último de los magos.

TZI

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Historia y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s