LA EUTANASIA

Otro tema espinoso y complejo que no ha tenido debate social (¡pa qué, si solo nosotros tenemos la razón en todo!). Pero, aquí estoy yo para salvar al mundo de todos sus males (perdón, este comentario debía formar parte del anterior post sobre la ironía).

Definición de partida: eutanasia es el acto por el cual se consigue que alguien que va a morir, muera del modo más fácil e indoloro posible (‘eu’ significa ‘bien’, y ‘thanatos’, ‘muerte’). Puede ser a petición propia, o por decisión de la familia, los médicos, el Estado, etc.

Sufrir y morir son dos procesos tan naturales que nadie se libra de ellos. El sufrimiento físico, psíquico o moral nos acompaña durante toda la vida, y el saber que un día moriremos es una de las pocas cosas en las que todo el mundo estamos de acuerdo. Ante esta realidad caben dos posturas:

1. Una consiste en huir del sufrimiento evitándolo por todos los medios posibles y a costa de lo que sea, considerando la muerte como algo absurdo e injusto que nos acontece a todos tarde o temprano porque aún no hemos resuelto la curación de todas las enfermedades, accidentes, envejecimiento, etc. que nos conducen implacablemente al desenlace fatal. Esta postura, que es tristemente la más difundida en Occidente, no puede entender por qué tenemos que morir, ni para qué sirve el sufrimiento y, por tanto, dedica todos sus esfuerzos a prolongar las vidas y reducir los dolores, como si el mayor logro humano fuera el conseguir que llegue el día en que nadie tenga por qué morirse (si no lo desea…) ni exista el sufrimiento en ninguna de sus manifestaciones. Siguiendo esta lógica, los defensores de esta postura consideran que cuando la vida ofrece un panorama de sufrimientos intensos (e incurables) es preferible morir, suicidándose personalmente o autorizando a los médicos a que le quiten la vida del modo más indoloro posible.

2. Frente a esta postura hay otra, más arraigada en Oriente, que considera el sufrir y el morir como dos facetas más de la vida humana, que si son bien entendidas y asumidas, pueden convertirse en aliados del hombre, ayudándole a ser más digno, sencillo, valeroso, paciente, comprensivo, etc., en definitiva, más humano; mientras que si el sufrimiento y la mente pierden toda su dignidad y valor, el hombre se siente acorralado e injustamente tratado por ellas, llegando en su huida a rebajar su propia humanidad hasta la locura.

Pregunta clave: ¿cómo podemos enfrentarnos dignamente con el sufrimiento y la muerte convirtiéndolas de enemigos en aliados? La única solución posible es una buena educación desde niños.

Si el padre, sabiendo que su hijo pequeño va a tener que sufrir mucho en la vida (como todos), no le enseña a hacerlo con dignidad, sino que le evita todo posible sufrimiento y privación, convirtiendo su vida en un lecho de rosas, lo está maleducando, pues el día en que le llegue el primer sufrimiento intenso, le sorprenderá y no sabrá reaccionar adecuadamente, hundiéndose en la desesperación y el pánico, y rebajando sus ideales y su dignidad humana todo lo necesario para huir de ese sufrimiento que considera absurdo y sin sentido.

Mientras que si los padres van acostumbrando a sus hijos a que sean capaces de aguantar con hombría los pequeños sufrimientos y contrariedades que llegan día tras día, evitando el buscar siempre el placer, la comodidad y el mínimo esfuerzo, y sintiéndose orgullosos de sacrificarse por los demás, ser constantes en sus empresas, no quejarse continuamente, y aceptar la muerte como una realidad natural y no como “la oscura anciana de la guadaña”…, entonces esos hijos crecerán en una atmósfera de libertad y no de miedo, su imaginación no acrecentará el temor al sufrimiento, sino que lo asumirán con valor y no se dejarán manipular por aquellos que prometen placeres y ausencia de dolores como único sentido de la vida.

El miedo al sufrimiento y a la muerte que campa a sus anchas por nuestra civilización tecnocrática, convirtiendo los hospitales, tanatorios y cementerios en lugares tétricos y de mal agüero, no hace sino deshumanizarnos paulatinamente, reblandeciendo nuestra voluntad con todos los placeres y comodidades que nos efrece la sociedad de consumo, e impidiendo que le encontremos el verdadero sentido al sufrimiento bien llevado, y a la muerte.

Llegados a este punto, es necesario distinguir entre varios tipos de eutanasia que continuamente son confundidos entre sí, enredando los términos en un tema, como ya he dicho, tan delicado. Una cosa es la llamada ‘eutanasia pasiva’ y otra totalmente distinta la ‘eutanasia activa’ (o terapéutica), dentro de la cual está la ‘eutanasia suicida’.

La eutanasia pasiva (también llamada ‘eutanasia indirecta’ o ‘adistanasia’), en realidad no es propiamente eutanasia, ya que no provoca la muerte de nadie, sino que consiste simplemente en suspender los medios artificiales que mantenían la vida vegetativa de un paciente, cuando ya no hay esperanza de curación. Es decir, no consiste en matarlo sino en dejarle morir tranquilo.

Esto no va contra la naturaleza, sino que permite al hombre morir con dignidad sin prolongar innecesariamente la agonía, por lo tanto, no sólo no es inmoral, sino que es una práctica muy loable, siendo sin embargo inmoral lo contrario (la ‘distanasia’) consistente en prolongar la vida del paciente cueste lo que cueste y por los medios que sea.

En cuanto a la eutanasia activa o terapéutica, consiste en la provocación médica de la muerte a un enfermo deshauciado, anormal, loco, incurable, etc., para evitarle sufrimientos. Se provoca la muerte de un modo artificial ‘activo’, por un acto médico de acción u omisión.

La valoración ética de la eutanasia activa depende de si el paciente aprueba voluntariamente que se le aplique la eutanasia, pidiéndolo al médico, o ingresando en un hospital especializado en ‘muertes dulces’ para evitarse sufrimientos y morir rápidamente (en este caso, llamado ‘eutanasia suicida’, aunque no sea el sujeto mismo el que se provoca la muerte, al pedirlo a otra persona no hay ninguna diferencia esencial con el suicidio y, por tanto, su valoración ética es la misma), o si la decisión de aplicar la eutanasia a alguien no la toma el propio sujeto, sino sus familiares, los médicos, o el Estado, por ejemplo (ésta no sería una acción suicida sino homicida, pues, por muy buena que sea la intención del que aplica la eutanasia, la decisión de quitarle la vida a alguien es un acto homicida que no puede considerarse ‘defensa propia’ y, por lo tanto, es inmoral, porque toda persona es sujeto de derechos por inútil, anormal, enfermo o viejo que sea, y nadie tiene autoridad moral para decidir qué vida merece la pena vivirse y qué vida no).

Es éticamente meritorio atenuar el sufrimiento del agonizante, no sólo con fármacos que le quiten el dolor, sino sobre todo, con ayuda y consuelo moral que le faciliten el morir con dignidad y hombría; pero matar, siempre es un acto esencialmente malo y no se puede justificar la eutanasia activa alegando una finalidad buena como es el que deje de sufrir, pues por bueno que parezca, no puede justificar un medio esencialmente malo.

Cuando una persona ha llegado a tal extremo de frustración y sufrimiento que pide a gritos que le apliquen la eutanasia, ¿dónde está la solución?, ¿en reconocer lo absurdo de su vida y ponerle fin por la vía rápida para librarle de ser consciente de su tragedia y librarnos nosotros de seguir soportando semejante espectáculo?, ¿o la solución está más en la línea de ayudar a los hombres a sentirse tales, teniendo un por qué que les ayude a vivir y también a morir con dignidad?

Existe una novela de Robert Hugh Benson, titulada Señor del mundo, que retrata una época donde han triunfado el relativismo filosófico, el secularismo a ultranza y el humanitarismo sin Dios; un mundo en el que, en el nombre de la tolerancia, los creyentes son contemplados primero con recelo, luego con franca animadversión, ya por último perseguidos como facinerosos; un mundo, en fin, donde el progreso científico y la adoración del hombre han instaurado un simulacro de paraíso en la tierra, donde la eutanasia es administrada a los enfermos como una medicina benigna y la idolatría política encumbra a un gobernante que promete a los pueblos una era de bienestar infinito.

El protagonista de la novela es Felsenburgh, un político extraordinariamente seductor, de apariencia mansa y dialogante que, con discursos llenos de una retórica emotiva, salpimentados de constantes menciones a un reinado de paz en la tierra, logra enardecer a las multitudes, que acaban tributándole el culto reservado a los dioses. Felsenburgh promete a sus súbditos una libertad de placeres y diversiones; pero frente a la desesperación no tiene otro consuelo que brindarles sino la eutanasia subvencionada. Quizás esta clarividente novela utópica no esté tan lejos de la realidad actual.

TZI

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6 respuestas a LA EUTANASIA

  1. varín dijo:

    Hola,

    Buen artículo,

    yo, en todo caso puedo referenciar mi opinión haciendo eco de la respuesta que ya di en EL ABORTO, donde bastaría con tener en cuenta que aquí contamos todos, no sólo mujeres que han comenzado una gestación, caso allí tratado.

    Abrazos

    • hasenroniz dijo:

      Así es, en estos temas tan importantes contamos todos, por eso precisamente se echa tanto de menos un debate realmente serio sobre los mismos, y no que se intenten solucionar plasmando en una ley la opinión únicamente de una parte, solamente porque consiguió más votos que los demás en unas elecciones donde nunca se habla precisamente de estos temas.

      Gracias varín

  2. dominique dijo:

    Vaya, otro tema ético muy candente pero tan real como la vida misma, me abruma tanta racionalidad y veo que comulgo con tus opiniones.Mis padres murieron de cancer y al ser hija única tomé la decisión de suspender el tratamiento en ambos casos, mi esposo tenía EPOC y estuvo enfermo 16 años, que se dice pronto, tambien tomé la misma decisión y no me siento una asesina…
    Por algo existe el testamento vital, el mío está hecho al no tener familia y no me siento ningún suicida…
    Todos tenemos derecho a una muerte digna lo mismo que a una vida digna, hemos de dejar que los terminales se vayan sin ser un cuerpo conectado a múltiples máquinas porque entonces su espíritu quedaría prisionero en un habitáculo inservible. Nuestro cuerpo no es más que un vehículo que nos trasporta en esta vida, se deteriora hasta que se convierte en “chatarra”, lo comparo a un coche que cuando ya no funciona se lleva al desguace.
    Pero la eutanasia es un ASESINATO-SUICIDIO, además de una cobardía.Todos tenemos miedo al sufrimiento físico pero existen unidades de dolor que permiten al enfermo una vida más o menos llevadera.Claro que no hay fármacos contra el dolor psicológico, a nadie le gusta morirse por múltiples razones: miedo, dejar a los seres amados etc…
    ¿Y qué pasaría si se legalizase la eutanasia? Si hay personas capaces de abandonar un anciano en una gasolinera no quiero ni pensar a dónde iríamos a parar…Un ser humano no es un gato, conste que los adoro, que se lleva al veterinario para evitarle sufrimientos.
    Creo que cada uno, si llega el momento ha de tomar su decisión según su conciencia, pero legalizar la eutanasia activa sería un crimen social.
    De acuerdo con la formación de los niños frente al dolor, hay que enseñarles desde chiquitos que la vida no es un camino fácil y sus obstáculos serán más entendibles.¿Ves como eres un buen padre?!!!

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