EL NEGOCIO DE LA CONTAMINACIÓN

El infame comercio de los derechos de emisión de CO2 se decidió en la Cumbre Climática de Kioto de 1997, como una excusa para impedir el calentamiento global del clima, tan discutido si es o no debido a la acción del hombre. Con este sistema, los países industrializados podían librarse de la obligación de emitir menos CO2, al pagar a otros países para que ahorren emisiones en su lugar, frenando así su propio crecimiento. En la actualidad, ya forma parte de la factura de la luz que debemos pagar todos los meses, es decir, un negocio redondo para las empresas eléctricas y la recaudación de impuestos. Y, donde hay negocio, existe burocracia rígida y corrupta y, especialmente, especulación.

Un ejemplo de tal especulación es el aumento de la producción y fabricación de refrigerantes, sobre todo en India y China, que nadie necesita. La fabricación de esos refrigerantes produce como residuo un gas muy perjudicial para el clima, y por cada tonelada de gas destruido, las empresas reciben certificados por valor de 175.000 euros, que luego venden a Europa. Y como la India y China, a través de su poder en la ONU, impiden que esos certificados se anulen, la Unión Europea, que es el mercado más importante, ha decidido que desde el 1 de mayo de 2013 los gases industriales ya no puedan utilizarse para obtener certificados en el comercio europeo de derechos de emisión.

Esta idea de poner precio al CO2 emitido nació en Estados Unidos y fue impuesto por Bill Clinton en Kioto como condición imprescindible (es decir, claro chantaje) para que él firmara el acuerdo para la protección del clima. El resto del mundo aceptó, pero aun así, Estados Unidos se sigue negando a ratificar las decisiones de Kioto. En cambio, los europeos, que al principio estaban en contra del negocio de los derechos de contaminación, operan desde 2005 el mayor mercado de CO2 del mundo, superando en la actualidad los 100.000 millones de euros. Si se uniera EE.UU., el mercado superaría el billón de euros.

El comercio de derechos de emisión se basa en dos creencias o suposiciones muy discutibles: la de que al clima le da igual en qué lugar del planeta se reduce la contaminación, y la de que ningún Estado puede implementar la reducción acordada en los tratados internacionales tan eficazmente como la economía privada.

Para convertir la contaminación por emisión de CO2 en un bien comerciable, los gobiernos crean una cuenta para todos y cada uno de los grandes contaminadores europeos, una cuenta llena de certificados de CO2. Cada certificado representa el derecho de emisión a la atmósfera de una tonelada de CO2. Cuando el contaminador (por ejemplo, una central térmica) se ha quedado con la cuenta a cero, tiene dos posibilidades: parar la planta o comprar certificados adicionales.

Estos certificados de emisión de CO2 son baratos debido al cambalache entre los países industrializados y los países más pobres, donde ya sabemos todos a dónde va a parar el dinero recibido. Así, las empresas más contaminantes no necesitan invertir en tecnologías que respeten el medio ambiente. Al precio actual del derecho de emisión, una compañía eléctrica puede vender la electricidad que produce por el triple del precio pagado por ese derecho.

Durante la primera fase del comercio de derechos de emisión, es decir, desde 2005 hasta 2008, los derechos de contaminación fueron regalados a las empresas de tal manera que la sobreoferta hizo que el precio se colapsara y bajara temporalmente a menos de un euro. Hubo empresas eléctricas que subieron de manera preventiva el precio de la luz, ganando así millones de euros en el primer año del mercado.

En la segunda fase, desde 2008, la Unión Europea ha adjudicado menos certificados, y únicamente al sector metalúrgico se le siguió regalando grandes cantidades de certificados porque amenazaban con trasladar la producción al extranjero.

Como las eléctricas no pueden emigrar, se dedican a trasladar los costes cómodamente a sus clientes, de tal forma que, actualmente, el comercio de los derechos de emisión es subvencionado fundamentalmente por los clientes particulares.

La menguante oferta de certificados debería haber impulsado a los contaminadores desde 2008 a invertir en la protección del clima (construir parques eólicos y solares, apagar viejas centrales térmicas de carbón, etc.). Pero, llegó la recesión, en Europa se reducía la producción industrial y, con ello, las emisiones de CO2. Y, de pronto, a muchas empresas les sobraban certificados.

Debido a la actual rcesión, se calcula que sobrarán hasta 700 millones de certificados cuando termine la segunda fase del comercio en 2012. Por tanto, la industria europea comenzará la tercera fase del comercio, cuyo objetivo era, no lo olvidemos, reducir considerablemente las emisiones, con el derecho de emitir 700 millones de toneladas de CO2, porque los certificados que quedan de la segunda fase no caducan. Lo que hubiera sido por efecto de la recesión una bendición para el sufrido clima mundial, queda totalmente anulado por el comercio privado de derechos de emisión. Ni queriendo les hubiera salido mejor.

La solución privada liberal deel laissez faire de los mercados capitalistas queda así en entredicho por la realidad de los resultados de estos últimos años. En cambio, si un estado fuerte regulara la carga de CO2 mediante una ley, las empresas tendrían la obligación de reducir sus emisiones. El comercio con derechos de emisión crea, paradójicamente, el derecho de contaminar. Y los gases residuales, hasta ahora un subproducto indeseado y, por tanto, a reducir, se convierten en una valiosa mercancía legal que, además, mueve miles de millones de euros en litigios entre las empresas contaminantes y las agencias de medio ambiente europeas. Estas agencias reparten la mayor cantidad de certificados a las empresas que han emitido mucho CO2 (fábricas de cemento, acero y centrales energéticas), mientras que las empresas de en energía solar y los parques eólicos se quedan con las manos vacías. Y luego tienen la poca vergüenza de decirnos que las energías renovables no son rentables, cuando el único problema es que están en total desigualdad a la hora de competir con las contaminantes, cuyas fuentes son más fáciles de controlar por pocas manos.

TZI

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7 respuestas a EL NEGOCIO DE LA CONTAMINACIÓN

  1. nadiemejorquenadie dijo:

    Te lo has currao macho.
    Un 10.
    Permiso para copiar en mi blog recursoslibres, que estoy perezoso con esto del calor.
    Un abrazo amigo.

  2. melarrakis dijo:

    Desde luego se han montado un buen tinglado cuando lo fácil sería…plantar árboles, coño. Si lo que sobra es sitio, hay infinidad de lomas donde no puedes cultivar nada, pon árboles leñe. En fin, que se les ve el plumero aunque intenten marearnos.

    • hasenroniz dijo:

      Luego pa quemarlos… Lo mejor ha sido siempre sin duda la eficiencia y el ahorro energético, junto a un reciclaje de verdad. Pero, también está bien lo de los árboles, y para eso están los ayuntamientos…

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