EL MAL MENOR

En la primavera de 1232, cerca de Avignon (Francia), el caballero Gontran D’Orville mató por la espalda al odiado conde Geoffroy, señor del lugar. Inmediatamente, confesó que había vengado una ofensa, pues su mujer le engañaba con el conde.

Lo sentenciaron a morir decapitado, y diez minutos antes de la ejecución le permitieron recibir a su mujer en la celda.

-¿Por qué mentiste? -preguntó Giselle D’Orville-. ¿Por qué me llenas de vergüenza?

-Porque soy débil -repuso-. De este modo me cortarán la cabeza, simplemente. Si hubiera confesado que lo maté porque era un tirano, primero me habrían torturado.

¿Quién puede criticar a este pobre hombre por buscar el mal menor para él? ¿Aun a costa de perjudicar a otros? Ahora, pensad cuántas veces se hace esto en política; acusar a otros de la propia incompetencia y cobardía para afrontar la realidad, y así intentar reducir la altura de la caída.

Debemos aprender a encarar nuestros errores como únicos responsables de los mismos, cueste lo que nos cueste, con valentía y honradez. ¡Qué fácil es decirlo!, que diría el señor D’Orville…

TZI

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