HUITZILOPOCHTLI

Huitzilopochtli significa “el Colibrí del Sur”. Es, por derecho propio, la divinidad azteca, sin ningún tipo de relación con posibles predecesores suyos en América, como es el caso de otros dioses.

En los códices aparece con sus miembros pintados de azul, plumas de colibrí en la pierna izquierda, flechas adornadas también con plumón y cerbatana en forma de serpiente. Y está directamente emparentado con la guerra y la muerte: los colibríes son las almas de los guerreros caídos que acompañaban la imagen solar de su patrón en el viaje cotidiano por el cielo.

Si alguien nos relatara la historia de un pueblo que fue sacado de su residencia habitual por una divinidad concreta con la promesa de convertirle en el “pueblo elegido” a cambio de su adoración exclusiva; una divinidad que estableció una alianza con un sacrificio de sangre por medio y que creó una especie de “arca” para mejor comunicar con la clase sacerdotal durante su éxodo; una divinidad que se encargó de guiar a los suyos durante un agotador periodo de tiempo a través de tierras desérticas y peligros innumerables arrasando por el camino a otras tribus “infieles” hasta llevarles a la “tierra prometida”…, ¿en qué pueblo pensaríamos?

En los aztecas, por supuesto. ¿O conocemos alguna otra tribu a la que le ocurriera un prodigio semejante?

Huitzilopochtli nació, según diversas leyendas, en Coatepec, la Montaña Serpiente, ubicada en las cercanías de la antigua ciudad de Tula. Su madre fue Coatlicue: la Diosa con Falda de Serpientes, muy fácil de identificar en la iconografía azteca por razones evidentes expuestas en su propio nombre…

El mito cuenta que Coatlicue destaba barriendo un día en Coatepec como parte de una penitencia que le había sido impuesta, cuando encontró una bola de plumas. Como le gustaban sus colores, se guardó la bola en su seno, pero cuando más tarde quiere examinar de cerca su hallazgo ha desaparecido. Aún no lo sabe, pero ha quedado mágicamente preñada.

Coatlicue ya tenía descendencia previa: una hija llamada Coyolxauhqui (que significa Señora de los Cascabeles, y parece derivar de Chantico, una diosa del fuego de oscuros orígenes) y una multitud de hermanos conocidos como los Centzón Huitznahua, los Cuatrocientos o Innumerables Dioses del Sur.

Coatlicue aumenta poco a poco de peso y pronto su estado acaba haciéndose evidente incluso para ella. Los Centzón Huitznahua, enfurecidos, le exigen que revele el nombre del padre, que ella desconoce (no olvidemos que el hecho tuvo lugar en la Montaña Serpiente y con una bola de ‘plumas’, así que no es preciso ser muy listo para deducir que el mágico e invisible papá no puede ser otro que Quetzalcóatl, la legendaria Serpiente Emplumada).

La hermana mayor, Coyolxauhqui, decide entonces que su madre es una desvergonzada y que, en consecuencia, merece la muerte. Pero Coatlicue se entera a tiempo de sus propósitos y huye de vuelta a Coatepec, donde quedó embarazada. Los Innumerables la persiguen, como una horda infernal, y cuando están a punto de alcanzarla, ella no puede más y da a luz a Huitzilopochtli que, gracias a su condición divina, nace ya armado de pies a cabeza y dispuesto a vengarse de cuantos hayan dudado del honor de su madre, aunque sean de la familia.

Empuñando su espada de fuego, apropiadamente conocida como Xiuhcoatl o Serpiente Turquesa, mata primero a Coyolxauhqui, a la que descuartiza en mil pedazos. A continuación, persigue a los Innumerables y mata a casi todos: apenas un puñado consigue huir hacia el Sur.

Un nacimiento tan violento, aparte de simbolizar la historia de los aztecas (el “último hijo” o pueblo, que llegó bien armado a tierras mexicanas, acaba sojuzgando a todos sus hermanastros o tribus rivales previamente establecidas), ya adelanta algo acerca del carácter de la religión azteca.

El gran Templo Mayor, que dominaba toda Tenochtitlán y desde el cual se llevaban a cabo brutales sacrificios de sangre, recordaba de continuo a sus ciudadanos la existencia de su dios nacional y sus orígenes tan milagrosos como brutales.

Una vez consolidada su posición, Huitzilopochtli busca trabajo y lo encuentra liderando a un pequeño y pobre pueblo de indios a los que, según la propia tradición azteca, se les apareció en persona, siglos antes de la llegada de los espaloles, para conminarles a que abandonaran la región donde vivían (se supone que algún lugar del sur de Estados Unidos entre los actuales Estados de Arizona y Utah, si bien algunas de sus leyendas afirman que su origen primero debía rastrearse en alguna ignota tierra ubicada en el este llamada Aztlán) y se pusieran en marcha bajo sus ódenes hasta encontrar una tierra mejor, una tierra prometida.

No deberían parar en su vagabundeo hasta no encontrar el signo definitivo de que habían llegado a la meta: un águila devorando a una serpiente. A partir de la primera ciudad que fundaron justo en aquel punto, él les convertiría en el pueblo más grande del mundo.

Se calcula que no fue antes de tres mil kilómetros de peregrinaje, hacia el año 1325, cuando los aztecas hallaron ese signo en la isla del Texcoco, donde fundarían Tenochtitlán (que significa “lugar del fruto del cactus”, en referencia a los frutos rojos del nopal, símbolo del corazón humano, en esta historia del águila y la serpiente). En ese mítico punto, se levanta hoy día la plaza del Zócalo, en pleno centro de la actual México D.F.; los conquistadores que llegaron a principios del siglo XVI ya no encontraron pantanos, sino la gran capital azteca.

Examinando en detalle el éxodo de este pueblo, encontramos increíbles similitudes con el de los hebreos. Y esto no puede achacarse a la influencia de los misioneros llegados de Europa, pues fueron estos mismos los primeros sorprendidos al conocer y luego poner por escrito las viejas tradiciones orales aztecas utilizándolas como la presunta ratificación de un plan divino universal.

Tanto el dios de los aztecas como el de Moisés eran padres protectores y deidades nacionales (en contra de un argumento tan repetido como falso, el monoteísmo no comenzó con el dios judío, puesto que éste siempre se consideró, y aún hoy día está así considerado por la rama ortodoxa de su pueblo, como divinidad específica de Israel y no de todos los pueblos del mundo. Los hebreos reconocían a los dioses de otras culturas y los tenían por rivales que debían ser derrotados por el suyo, que acabaría imponiéndose a todos los demás por una serie de sucesivas y sangrientas victorias tanto en la tierra como en el cielo, y no porque fuera realmente superior, en el sentido de Dios Único por encima de todos los existentes. Es Jesucristo el que transforma ese dios exclusivo y colérico en otro asequible para todos los seres humanos, y cuya característica esencial es el amor. Por ignorancia o por interés, los primeros impulsores del cristianismo mezclaron su doctrina con la estrictamente judía, con lo que la confusión parece vigente en la actualidad), pero eran muy exigentes con sus adoradores.

Así, mientras Abraham tiene que abandonar Caldea, y Moisés, Egipto, los aztecas deben hacer lo propio y poner rumbo a México. Las tradiciones de uno y otro pueblo aseguran que sus respectivas deidades les guiaron “personalmengte”: el judío los acompañó en forma de una columna de fuego y humo que se iluminaba de noche, mientras el azteca lo hizo asumiendo el aspecto de “gran pájaro divino y blanco”.

El éxodo fue largo y durísimo (más de mil kilómetros recorridos durante 40 años en un caso y unos tres mil kilómetros durante 200 años en el otro) y, encima, al llegar a la “tierra prometida”, ambos pueblos tuvieron que invadirla y disputarla por la fuerza frente a las gentes que ya llevaban más tiempo allí viviendo y que lógicamente la consideraban suya porque para eso habían llegado primero.

Los hebreos guerrearon contra amalecitas, amorreos, filisteos y otros, mientras los aztecas se las veían con sus equivalentes chichimecas, otomíes, tepanecas y demás.

También en los dos casos, una vez que se estabblecieron las respectivas capitales, unos y otros se hicieron muy fuertes en un periodo de tiempo corto y pasaron a ser los pueblos principales y dominantes en la zona.

La circuncisión fue un ritual común, al igual que los rituales de sangre. Esto último es una obviedad entre los aztecas, como demuestra por ejemplo lo ocurrido durante la consagración del gran templo mayor de Tenochtitlán en 1486, cuando el emperador Ahuitzotl ordenó sacrificar varios miles de prisioneros, hasta 60.000 según algunas estimaciones. Este tipo de sacrificios “ordenados” por Huitzilopochtli tenían como objetivo principal alimentar al dios del Sol, Tonatiuh, con la sangre de los corazones de las víctimas (o más bien con la sustancia espiritual contenida en la misma), a fin de mantener en movimiento al astro dador de toda vida; según sus vecinos y antepasados mayas, la función de los hombres era la de servir de alimento a la divinidad.

El ritual en ese templo de Tenochtitlán, decorado con calaveras blancas sobre fondo rojo, incluía como momento culminante el de arrancar el principal órgano motor humano a cuantas más víctimas mejor, mediante el rudimentario pero eficaz sistema del cuchillo ceremonial de obsidiana o sílex. Los corazones así ofrecidos a Tonatiuh se quemaban luego en el ‘quauhxicalli’ o “Vaso del Águila”, mientras que los cadáveres eran arrojados a la imagen de Coyolxauhqui para conmemorar la victoria del dios sobre su hermana.

Los guerreros que perdían la vida en el altar de sacrificios o en el combate eran los “afortunados” quauhteca o Pueblo del Águila, y formaban parte del séquito del Sol durante cuatro años. Luego su alma transmigraba para siempre al cuerpo de un colibrí.

La obsesión por la sangre llegaba hasta tal punto en el mundo azteca que los mismos sacerdotes se torturaban a sí mismos, hiriendo sus orejas y su lengua con cordeles con púas hasta sangrar, cuando tenían que hacer penitencia por algún pecado. Sin embargo, el sacrificio de sangre tampoco es extraño entre los judíos. Si bien en su caso era casi siempre de animales, también conocemos verdaderos holocaustos humanos como el que protagonizó Jefté, un caudillo israelita que prometió a su dios que sacrificaría el primer ser viviente que se le presentase a la vuelta al campamento si le concedía la victoria sobre los ammonitas. Dicho y hecho, después del triunfo en el campo de batalla, Jefté se preguntaba si lo primero que aparecería sería una cabra o un camello, y resultó que la primera en llegar fue su propia hija, que fue sacrificada sin compasión pero, eso sí, con gran dolor de su corazón.

Aún hay más similitudes entre las mitologías azteca y judía: los responsables de ambas tribus fueron instruidos en detalle durante sus respectivos éxodos para que construyeran un gran templo en el lugar donde se instalarían de forma definitiva. Mientras tanto, se podrían comunicar con sus dioses durante el viaje gracias a un objeto que pervive en nuestro acervo cultural con el nombre de Arca de la Alianza.

Un franciscano que escribió crónicas de los primeros tiempos de la conquista americana, llamado fray Diego Durán, relata que, según la tradición “pagana”, cuando los aztecas se trasladaban, lo primero que hacían al llegar a un nuevo lugar de acampada era levantar un pequeño templo para guardar en su interior el “arca” que transportaban consigo y que contenía una imagen divina de Huitzilopochtli mediante la cual los reyes sacerdotes aztecas “podían hablar con él” (así les instruyó en persona para que cambiaran su nombre original por el de mexicas) e incluso adivinar el futuro.

TZI

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5 respuestas a HUITZILOPOCHTLI

  1. varín dijo:

    Qué bueno,

    y qué revelador ¡

    ( cuadra bien ( y si todos procedían de atlántida y los de las naves con o sn humo eran los mismos? ))

    Abrazos

    • hasenroniz dijo:

      Aún así, sigue habiendo múltiples teorías, la gran mayoría, eso sí, lejos de las versiones oficiales que nos quieren interesadamente obligar a aprender.
      Un abrazo.

  2. nadiemejorquenadie dijo:

    Esto cuadra mucho con mi creencia de que estos dioses siguen vivos, se siguen alimentando con esa energía del sufrimiento humano, y nos preparan como especie para ser su propio ejercito ante otros de los suyos. Los romanos le llamaban Marte, Saturno etc.
    En cada cultura han cogido nombres diferentes pero son la misma familia de cafres en todos los casos.
    Un abrazo a los dos.

    • hasenroniz dijo:

      Yo también he pensado cosas parecidas, pero caben tantas otras posibilidades, que me cuesta mucho decantarme por ninguna; prefiero seguir investigando e ir llegando a conclusiones parciales.

      Un abrazo.

      • nadiemejorquenadie dijo:

        Claro hermano, y yo como tú pero recuerda que lo mio son las hipótesis plausibles y la intuición, eso si., cuando me viene.
        Un abrazo.

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