INVIERNOS Y CAMBIO CLIMÁTICO

En enero de 1971 se alcanzaron en la península Ibérica las temperaturas más bajas de aquel siglo. En la zona de los ríos alemanes Rhin y Mosela, en el año 1959, se obtuvo la mejor cosecha de vino que se recuerda, en cuanto a cantidad y a calidad, debido a un verano excepcionalmente cálido y seco. Las aguas del lago africano Victoria alcanzaron un nivel, el año 1964, como nunca se había registrado; en otoño de ese año, la inundación del Nilo fue la más dura desde 1900. En el otoño de 1972 se registró en Madrid la precipitación más importante caída en un solo día desde que se realizan observaciones meteorológicas.

Todos estos valores extremos de los diferentes elementos meteorológicos incitan a preguntarse si el clima se mantiene constante o varía en el transcurso del tiempo.

Aparentemente, parece que, en una misma comarca, las variaciones de una misma estación debieran ser muy pequeñas de unos años a otros, es decir, que los inviernos o los veranos tuvieran la misma intensidad de frío o de calor al correr de los años. Pero, lo cierto es que no ocurre así, pues de cuando en cuando los veranos o los inviernos son tan rigurosos que se hacen memorables.

Es una cuestión muy debatida desde hace muchos años entre los meteorólogos si existe o no periodicidad en la presentación de inviernos muy crudos, pero nunca se ha llegado a un consenso sobre el asunto, debido especialmente a la carencia de datos científicos positivos en épocas pasadas anteriores al descubrimiento del termómetro. De tales épocas, se tiene noticia de inviernos rigurosos por la mención de alguna circunstancia muy notable relatada por los autores coetáneos, y que se relacionan generalmente con algún hecho bélico.

Según el relato de Tito Livio, el invierno del año 218 a.C., en plena Guerra Púnica entre romanos y cartagineses, fue uno de los más abundantes en nieves que se habían conocido. Los soldados de Aníbal que lucharon en la península italiana, después de haber atravesado los Pirineos y los Alpes, debieron de soportar enormes fríos, comparables a los que tuvieron que soportar los diez mil griegos al mando de Jenofonte en su famosa retirada desde Cunaxa hasta el mar Negro, cuando fueron sorprendidos por un intenso frío en las montañas de Armenia, o los que dieron lugar al aniquilamiento del ejército de Napoleón en la trágica retirada de Rusia en el año 1813.

El invierno del año 177 a.C fue, según testimonio de Tácito, uno de los más crudos de aquella época. Los soldados romanos que hacían la campaña en Asia Menor, zona templada e incluso cálida, morían durante las guardias o perdían sus miembros completamente helados.

En el año 66 a.C se dio un invierno tan duro que se helaron las costas de los mares más meridionales de Europa. Estrabón cita que, en aquel invierno, un general de Mitrídates batió a la caballería enemiga sobre la superficie helada del mar de Mármara, precisamete en el mismo sitio donde en otra ocasión había vencido en un combate naval.

Durante la Edad Media y la Edad Moderna, las crónicas dan cuenta de inviernos rigurosos por la frecuencia e intensidad de las heladas y nevadas que ocasionaban grandes quebrantos en los cultivos, en los animales domésticos y en el bosque y, por tanto, en la población humana.

Por ejemplo, según nos relata Guillermo de Nangis, durante el invierno de 1124, la vida se hizo extraordinariamente difícil a causa del gran amontonamiento de nieve que no dejó de caer durante cuatro meses seguidos en la mayor parte de Europa. Los niños, los ancianos y los más débiles perecían de frío. Los ríos se helaron, muchos de ellos con tal intensidad que el gran espesor de hielo sostenía el paso de carros cargados; las caballerías circulaban por el Rhin y por otros ríos de Europa Central como si fueran caminos de tierra firme. En muchas comarcas murió el ganado, e igualmente murieron la mayor parte de los árboles y de los viñedos; llegaron a helarse las semillas bajo la tierra y el vino en las bodegas, que se vendía en trozos partidos con hacha. Por todas partes se veían hombres y animales muertos de hambre y de frío, y los daños causados fueron tan grandes que la escasez y la hambruna se notaron durante algunos años más.

A partir del siglo XVIII, con el empleo del termómetro, pudieron apreciarse los datos relativos a las temperaturas y la distribución de las mismas por las diferentes comarcas. Así, nos consta que el año 1709 fue uno de los más crudos en toda Europa. Se helaron casi todos los ríos europeos, incluso el Ebro. Las cosechas se perdieron y el ganado pereció en gran número. Llegaron la miseria y el hambre más espantosa, y mucha gente pereció devorada por los lobos que penetraban en los poblados.

En el año 1788 se heló por completo el Canal de la Mancha entre Calais (Francia) y Dover (Inglaterra), y en 1794 la escuadra inglesa, aprisionada en los hielos del Texel, fue atacada por la caballería francesa, dándose el hecho insólito de que los buques fueron asaltados y rendidos por soldados a caballo.

El invierno de 1812 se hizo famoso por la retirada de Rusia que tuvo que hacer el ejército de Napoleón bajo una continua nevada. Con unas temperaturas de hasta 38 grados bajo cero, el ejército francés fue jalonando de cadáveres el camino desde el centro de Rusia hasta las fronteras con Alemania. Los soldados caminaban apretados unos contra otros, en un profundo silencio, tremendamente abatidos; el que caía, ya no se levantaba; enseguida, la nieve cubría su cuerpo y, por algún tiempo, una leve ondulación en el suelo señalaba su sepultura.

Los inviernos de 1855 y 1856 dejaron sentir su rigor sobre los ejércitos que combatían en Crimea, y el de 1870 fue particularmente trágico en Francia, por las víctimas causadas por el frío entre los soldados que combatían contra Prusia.

Ahora, desde que la televisión ‘oficializó’ lo del cambio climático, si le da por nevar un poco en abril (como está ocurriendo estos días) se lo achacamos a que el clima está cambiando, cuando realmente deberíamos preocuparnos si no nieva incluso en mayo y junio. Hemos perdido el punto de vista histórico. Qué dirían todas las personas que murieron de frío y hambre durante aquellos inviernos tan rigurosos, si nos viesen quejarnos cuando estamos tres días seguidos bajo cero y no nos apetece salir a por el pan y tiramos de despensa y ponemos la calefacción a tope…

Hace más de 25 años ya se hablaba del cambio climático, pero solamente éramos unos chalados quienes creíamos en él e intentábamos hacer algo; los demás creían lo que decía la tele, es decir, que no estaba demostrado y que debíamos estar tranquilos y seguir consumiendo como locos.

Ahora, lo que creo es que puede que siga siendo cierto que existe cambio climático debido a la acción humana, pero que no deja de ser un montaje para prepararnos para cuando tengan en pleno funcionamiento el arma de guerra perfecta: el control del clima, con el que podrán generar lluvias torrenciales, sequías, huracanes, todo tipo de fenómenos meteorológicos extremos con los que poder chantajear a los países para que sean sumisos a quienes poseen tal tecnología.

Los fenómenos meteorológicos extremos serán artificiales, pero nosotros pensaremos que son debidos al cambio climático que, además, se llevará un montón de nuestro dinero para intentar revertirlo, como ya está ocurriendo.

En fin, allá cada cuál con lo que crea, pero al menos no nos quejemos ni de frío ni de calor en deferencia a todos los que sufrieron realmente los rigores climáticos propios de la Naturaleza.

TZI

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4 respuestas a INVIERNOS Y CAMBIO CLIMÁTICO

  1. lalunagatuna dijo:

    Super interesante!!! Además estoy totalmente de acuerdo contigo, somos muy poca cosa en comparación al universo…A ver si nos enteramos de una vez.
    Abrazos sin quejas ni miedos.

  2. es sorprendente la cantidad de películas que echan últimamente con esta temática…desde luego algo se está preparando. Habrá que hacer acopio de fuerzas, mantas, leña y comida. …Como siempre se ha hecho, ni más ni menos.

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