LA GUERRA DE LOS MUNDOS

Existen mundos paralelos. Uno de ellos es, sin duda, el mundo de lo prosaico, de la mediocridad, en el que derrocha sus vidas la mayor parte de las personas. Y hay otros mundos. En ellos viven las personas inclasificables, a pesar de nuestra obsesión por etiquetarlo todo; las personas que van contracorriente, a pesar de la enorme fuerza del curso de los acontecimientos cotidianos. Algunas destacan socialmente y son consideradas geniales, mientras que otras permanecen en el anonimato, siendo invisibles para los demás.

El escritor Jonathan Swift afirmaba que “cuando en el mundo aparece un genio, todos los necios se conjuran contra él”. Esta frase resume perfectamente el eterno conflicto entre la excelencia y la mediocridad, la verdadera ‘guerra de los mundos’. Y el campo de batalla está dividido por una delgada y sinuosa línea que representa la evolución humana.

Es una evidencia que no es posible, ni sano para la especie, que todos seamos creadores, intelectuales inconformistas, o como queramos llamarlos; la mediocridad siempre será necesaria. Alguien tiene que barrer las calles o transportar los alimentos del campo a la ciudad, por ejemplo. En muchas especies llamadas sociales, como las abejas, las hormigas, etc., existen también este tipo de diferencias. Pero, al contrario que en los humanos, actúan de acuerdo a un mismo plan, y cada especialista realiza su papel lo mejor que puede, sin entorpecer el trabajo de los demás, anteponiendo su vida por el bien común.

En cambio, en el ser humano, la mediocridad es incapaz de apreciar y valorar el talento. Pero, solo una parte de ella es realmente dañina, y es la que tiene como fin el dificultar, o incluso eliminar, el avance de las personas brillantes; son lo que podríamos denominar ‘mediocres destructivos’. Parece ser que fue Albert Einstein quien ya dijo que “los grandes espíritus siempre han tenido que luchar contra la oposición feroz de mentes mediocres”.

Existen, en un extremo, los mediocres no dañinos, conformistas, buenos consumidores, que son modelados por los sistemas educativos y sociales imperantes en casi todos los países; y, en el otro extremo, estarían los genios destinados a ser incomprendidos, aunque no todo incomprendido es un genio.

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El mundo de la genialidad está dedicado, a través de la inteligencia y la constancia, a proponer cambios en nuestras vidas. Los cambios provocan pánico en los mediocres, muchos de los cuales creen vivir felices en su conformismo con el status quo, sin intentar realizar ningún tipo de progreso. Estas armas, la inteligencia y la constancia, siempre han sido muy molestas para los ‘mediocres destructivos’.

Hay ámbitos en los que abundan especialmente estos ‘mediocres destructivos’. Un claro ejemplo, siempre de actualidad, es el mundo de la política. En los partidos políticos y en las organizaciones sindicales, el acoso a quien tiene un mínimo de iniciativa y creatividad es tal, que finalmente solo ascienden los menos competentes, y así el proceso se retroalimenta continuamente. Como bien dijo Françoise La Rochefoucault, “los espíritus mediocres suelen condenar todo aquello que está fuera de su alcance”. Odian la originalidad que pone de manifiesto su propia mediocridad. Y los ejemplos son infinitos: ocurre en el mundo de la empresa, la opinión pública, incluso muchas organizaciones sin ánimo de lucro, cuya finalidad de ayuda desinteresada queda por tanto muy devaluada. Paradójicamente, podemos considerar que todas estas organizaciones mencionadas basan su poder precisamente en la cantidad de talento que logran destruir.

Llegados a este punto, podríamos hacernos la misma pregunta que el escritor Pino Aprile: “¿Es posible que estemos condicionados por una especie de selección cultural que nos aboca a la imbecilidad?” Después de todo lo expuesto, yo me inclino por una respuesta claramente afirmativa.

Si tenemos en cuenta que el mediocre no suele tener sentimientos de fracaso y está bastante contento con su forma de vida, mientras que el otro bando es idealista, rebelde, incansable e insatisfecho consigo mismo, solo así se entiende perfectamente que estén enfrentados. Y en este enfrentamiento perpetuo, en esta ‘guerra de los mundos’, está en juego la evolución de nuestra especie, y como en todas las guerras, todos pierden, todos perdemos.

TZI

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